Valora qué puede haber cambiado
Una nueva habilidad motriz, la ansiedad por separación, la dentición, una enfermedad, un viaje o un cambio en el horario diurno pueden afectar al sueño. Se habla mucho de los cuatro, ocho y dieciocho meses, pero no todos los niños experimentan el mismo cambio a esas edades.
Protege la rutina básica
Mantén lo más constantes posible algunos pasos conocidos, como una luz tenue, un cuento corto, una nana y la misma frase de buenas noches. Haz pequeños ajustes en lugar de sustituir toda la rutina de un día para otro.
Deja espacio para practicar nuevas habilidades durante el día
Practicar girarse, gatear, ponerse de pie o hablar en un entorno diurno seguro puede evitar que la cama sea el único lugar de práctica. Antes de dormir, pasa de los juegos activos a actividades más tranquilas.
Valora juntos el sueño diurno y nocturno
Unas siestas mucho más cortas, acostarse más tarde o despertarse demasiado pronto pueden afectar al patrón completo. Lleva un registro durante varios días para saber si el cambio procede de una sola noche difícil o de una pauta repetida.
Una expectativa realista: El objetivo no es recuperar el patrón anterior en una sola noche, sino adaptarse con calma manteniendo un entorno seguro y señales familiares.
No llames “regresión” a todos los despertares
La fiebre, el dolor, las dificultades para alimentarse, los problemas respiratorios o una angustia inusual no deben atribuirse sin más a una etapa del desarrollo. Consulta al pediatra si tienes dudas.